Ayer dejo su cuerpo mortal Eva Rodríguez Salina. 

Digo ¨dejó su cuerpo¨ porque decir ¨murió¨ de alguna forma no hace justicia a lo que pasó. Cierto, el cuerpo dejó de respirar, cierto, la boca dejó de sonreír, cierto, sus ojos ya no verán más. Pero todo eso me habla del cuerpo, no de ella. El cuerpo es finito. El cuerpo se cansa, el cuerpo se enferma, el cuerpo muere. Pero ella no murió, sólo dejó atrás un cuerpo que ya no le servía como era debido, un cuerpo que se había vuelto pesado. Sólo eso, dejó atrás su cuerpo. Ella no murió. ¿Cómo podría morir? 

Cuenta la historia que cuando Ramana Maharshi, un sabio hindú estaba muriendo (llevaba tiempo enfermo) sus discípulos lloraban y le pedían que no se fuera, a lo que el contestó “¿Irme, a dónde habría de irme? Yo siempre estaré aquí”. Él lo tenía muy claro, era necesario liberarse de su cuerpo, pero él no tenía por qué partir. 

¿Cómo medir una vida terrenal? ¿Es acaso por las obras que dejamos detrás? ¿Por los hijos que criamos y los nietos que ellos a su vez criarán? ¿Por los lugares visitados? ¿Por las vidas que tocamos? Ciertamente no hay una sola medida que pueda incluir toda la complejidad de una historia. 

A todos se nos da el mismo obsequio al nacer. Una vida. No importa si es corta o larga, no importa si ocurre en la pobreza o la riqueza. Esa es la mano que nos toca jugar y cómo la aprovechemos (o no) es cosa nuestra. Eva fue una mujer de su hogar y de trabajo. Crio 4 hijos, tres varones y una mujer. Yo la pude conocer, pues me tuvo la generosidad de confiarme a su única hija. Cada día busco merecer esa confianza. 

Vivió, trabajó, rio, hizo tortillas de harina, cocinó cabrito, se quejó y disfrutó. Alegaba con su marido, don Guillermo, y también bromeaba. Recordaba su juventud, los bailes que organizaba de chiquita, la tienda de su papá. Su casa en “la Ribereña” que no sabía cómo iba a llenar cuando recién la conoció (pero que bien pudo llenar de recuerdos, de fotos, de detalles, de “tilicherio”). Vivió, como todos vivimos (u ojalá vivamos) lo mejor que pudo vivir. Nadie vive una vida perfecta ni libre de arrepentimiento. Eso es imposible. El chiste es vivir, según nuestras circunstancias y posibilidades, la mejor vida que podamos vivir, amar todo lo que podamos, servir como se nos sea dado e irnos satisfechos por lo logrado. Tal vez esa sea la mejor medida de una buena vida. Cuanto reímos, cuanto servimos, cuanto amamos, cómo seremos recordados. 

Dejar el cuerpo atrás no debe ser fácil. Dejar atrás a los seres queridos con quienes compartimos tantas risas, tantas preocupaciones, tantos momentos; debe ser complicado. ¿Como despedirnos del compañero de más de 50 años, de los nietos, del cafecito…? Todo es inicio y despedida. Cada día, cada encuentro, cada momento lleva en sí mismo la promesa de su final. Pero una vez más, esas son sólo apariencias. Recordemos a Ramana Maharshi, ¿a dónde habíamos de irnos? ¿dónde habríamos de dejarlos? No, sólo dejamos atrás lo material. Los viejos edificios, los utensilios de cocina, la ropa, el cuerpo. Los recuerdos, los sentimientos, las relaciones se quedan con nosotros (los que se van y los que nos quedamos). Nada se pierde, todo permanece. 

Me han dicho (y creo que con razón) que la muerte no es muerte, es sólo transición. No existe la muerte en la naturaleza. La semilla “muere” para dar vida a la planta, la flor “muere” para dar vida al fruto. Tal vez nosotros también “morimos” para seguir floreciendo. Floreciendo en nuestros hijos, floreciendo en nuestras palabras, floreciendo en el recuerdo que dejamos en aquellos que nos amaron. Doña Eva sigue floreciendo en cada risa de sus hijos, en cada vez que recordamos algo que decía, en cada tortilla de harina que hagan sus nietas, bisnietos y demás. ¿A dónde habría de irse? No, no se ha ido, ella siempre seguirá aquí. 

Descanse en paz Eva Rodríguez Salinas. Se va con la satisfacción de la meta cumplida, la labor terminada, la misión satisfecha. Tu cuerpo se fue, pero tú nunca te irás. Serás bien recordada. ¡Hasta siempre!